Estado y cultura popular

8 dic

Siguiendo con las teorías de John Street, la creatividad artística depende de la libertad de expresión, y cualquier interferencia sería poco ética. Los Estados occidentales, los mismo que los autoritarios, influyen decisivamente en la cultura popular (nuevamente, en términos del autor).

La industria musical constituye la vanguardia de un movimiento hacia la estandarización mundial de los productos culturales. Y es en las instituciones y estructuras donde se genera la intervención política.

Las emisoras de radio locales, por ejemplo, funcionan con una autonomía relativa, o sencillamente emiten programas comprados a los distribuidores por satélite, añadiendo sólo una pequeña cantidad de material local. La desregulación de los medios en vez de producir una mayor diversidad en los contenidos puede surtir el efecto contrario (pero como ya apuntábamos en entrada anterior, no es la globalización lo que causa el cambio, sino la introducción de una política de desregulación por parte del Estado.

Seguimos son saber cómo interactúan los niveles locales y nacionales, o por qué adoptan una u otra política las administraciones. Y en los países occidentales no existe una única política cultural de forma explícita, pero no una estrategia específica. Las tres dimensiones principales a las que Street hace referencia a la hora de analizar el carácter y los efectos de la política cultural son las prácticas institucionales, los procesos políticos y la ideología. Dice que, incluso aquellas concepciones que dejan al mercado la elección y provisión de la cultura, no son otra cosa que un conjunto de juicios de valor y planteamientos políticos.

Resumiendo, podría decirse que la política cultural depende de factores múltiples y diversos, en los que intervienen las instituciones, los procesos políticos y las ideologías, que configuran el carácter de las manifestaciones culturales y, en sus distintas combinaciones, permiten la presencio de unos u otros intereses decisivos para las formas que adopta la cultura, además de determinar, entre otras cosas, la resistencia o vulnerabilidad a las tendencias globalizadoras.

También hay que destacar la capacidad del Estado de influir en la organización de la enseñanza, ya que determina el acceso a la cultura popular al tiempo que contribuye a configurarla (le confiere un estatus). El Estado tiene potestad para controlar la política educativa, influye en la valoración de la cultura popular y determina qué tipo de conocimientos, artistas y actividades merecen la pena (todo esto influye en la definición de la ciudadanía y en el lugar que ocupa la cultura en ella). Parece evidente, pues, que la calidad de la vida cultural depende de la calidad de la vida política.

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