Para reflexionar un poco sobre todo lo que ha sido comentado en entradas anteriores, creo que es importante situarse desde un punto de vista de contexto social. Sabemos que existe una especie de control totalitario, una tendencia manipuladora que nos tiene a los consumidores atados y bajo control. La visión de Marcuse como «cultura de masas como cultura de manipulación» no es tan desacertada. Pero hay que saber diferenciar el estar totalmente manipulado de «tender a manipular».
Los medios de comunicación de masas están estrechamente ligados a una ideología: se produce un conflicto entre la neutralidad que se supone que hay que adoptar y la parcialidad. Hay discursos que tratan o pretenden ser imparciales y objetivos, pero el mero hecho de producir un discurso ya implica situarse bajo un punto de vista determinado. Sabiendo esto, las palabras de Marcuse quedan avaladas: ¿por qué un punto de vista subjetivo se presenta como algo objetivo? La respuesta más obvia es que alguien pretende manipular, engañar bajo la apariencia de que no existe tal punto de vista.
Se dice que es «objetivo» para convencer al otro. Porque, ¿acaso no es más fácil que el receptor crea al emisor si éste dice que el discurso que lanza es objetivo? ¿Acaso no sabe el emisor que el receptor desconfiaría si supiera que el discurso es subjetivo? Tiene lógica: aquí se define el esquema básico de emisor-receptor.

Los medios de comunicación cumplen una serie de funciones en la sociedad de masas. Otorgan estatus, por ejemplo, porque el mero hecho de existir en medio de una sociedad de masas tiene la capacidad de otorgar una relevancia pública, de dar prestigio y autoridad a los individuos.
Los medios también presentan y representan: se legitiman a sí mismos con el discurso que ellos mismos lanzan a la sociedad (el reflejo de la realidad). ¿Qué significa esto? Pues que los medios no solo proponen unas normas y valores del mundo, sino que también las imponen. Hay un círculo vicioso: la lógica dice que para aparecer en los medios se necesita ser relevante para la noticia, y los medios consolidarán esa relevancia. Pero los hechos demuestran que no es necesario empezar por la importancia de ese hecho o individuo, ya que éstos ya circulan por sí solos una vez puestos en juego, activando así un círculo vicioso.
El medio no tiene por qué subyacer a la realidad; sino que la realidad podría subyacer al medio. Esto es preocupante. Los receptores (audiencias) de masas seguimos atados al «efecto hipermercado» que suponen los medios de comunicación masivos: el receptor elige lo que quiere consumir, pero el hipermercado donde compra marca las pautas; lo que queda fuera de ese hipermercado es lo socialmente más necesario. El inconformismo social es cada vez menor, debido a la saturación de la información.
Pero es que ¿cómo es más fácil que el emisor consiga sus objetivos? ¿Con un receptor alarmado o nervioso, o con un receptor confiado y tranquilo? Evidentemente, lo segundo. Pero las investigaciones de los múltiples autores que se han ido mencionando a lo largo de la realización de este proyecto tratan de enseñar lo contrario: intentan formar a ciudadanos críticos, que sean más eficaces a la hora de arrojar luz sobre el funcionamiento de los medios. Y contra esto luchan los emisores (persiguen conseguir que el receptor no se alarme o desconfíe porque, de lo contrario, se dará el rechazo). Por eso el poder de los medios es máximo. Su titularidad es privada.
Pero la crítica a la cultura de masas y a la situación que se está viviendo actualmente también aborda otros aspectos: culturales, artísticos, económicos, políticos, ideológicos… hay que contemplarla en su totalidad. Lo que existe es engañoso: una serie de mentiras que se han ido acumulando durante un tiempo hasta que se han considerado, finalmente, como una verdad. ¿Cuál es el resultado de esto? Pues una realidad que nace de una mentira, y que llamamos «realidad» aunque no debería ser así.

Sabiendo esto, lo que hay que hacer es proponer otras vías de salida para una realidad mejor. Necesitamos formas de pensar que conlleven formas de actuar distintas. Si solo pensamos de la misma manera, llegamos a un límite, tocamos pared. Y que cambie la realidad social, ¿depende solo de que cambie la manera de pensar? Ojalá. Debería cambiar, pero… parece complicado.
Es posible que una teoría (o algunas teorías) no cambien la realidad por sí sola, pero puede que ayuden a transformarla. Pero muchos detractores afirman que este modo de pensar es solo una fantasía poco factible porque de la teoría a la práctica hay un gran camino y, en última instancia, lo que manda es la práctica, no la teoría (ya lo dice el refranero popular también, y nunca mejor dicho lo de «popular», si me lo permitís: del dicho al hecho, hay un gran trecho). El sueño de un mundo mejor considerado como una ilusión sin fundamento, porque la organización de la vida social no lo permite.
Y en cuanto a la industria cultural… ¿qué puedo añadir? Se presenta como un negocio socialmente aceptado. ¿El receptor necesita eso? ¿Lo debe aceptar? Si lo pensamos un poco, en realidad no nos parece mal que el emisor (o emisores, claro) nos entretenga, pero lo que no está bien es que haga negocio con nosotros, ¿no? Porque no somos un fin en nosotros mismos (el mejor ejemplo de publicidad en este caso: las carteleras de los estrenos del fin de semana insertadas en los informativos. ¿Acaso es eso prioritario? ¿Es más relevante que otras noticias, para que salgan en un boletín informativo?).

Obviamente, los receptores podemos llegar a necesitar aquello que los emisores no nos ofrecen. Pero aquí, de nuevo, los emisores hacen gala de gran dominio a la hora de manipular: el sistema está totalizado, lo cual significa que, cuando alguien muestra su disconformidad, se le trata como un problema aislado o individual, lo cual facilita que los receptores que están aislados entre sí no vean sus necesidades como necesidades sociales. Es una simple cuestión de «Divide y vencerás». Cada uno en su casa, y Dios en la de todos (y todos con la televisión encendida, si puede ser).
Francamente, las perspectivas para un futuro mejor son bastante desalentadoras, después de todo lo que acabo de exponer, pero es aquí donde lo voy a dejar, lanzando la pregunta al aire para que, quien lo desee, se preste a debatir las cuestiones anteriormente comentadas.
Necesitamos creer en algo. Si lo social se está descomponiendo y un individuo en soledad no puede cambiar la sociedad, ¿qué podemos hacer entonces? ¿A dónde nos agarramos?
Un saludo, y gracias por leer.
(Nota: nuevamente, gracias a las explicaciones del profesor Antonio Méndez, de la Facultad de Filología de la UV, he conseguido entender mejor algunas de las cuestiones aquí expuestas)
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